jueves, 9 de julio de 2009

Tráfico

Éste es un pequeño cuento que escribí el año pasado, espero lo disfruten:

Tráfico


Por Daniel Varela Gasque

Desde que puedo recordar siempre había oído a la gente quejarse del tráfico de la ciudad de México, tal vez el quejarse de este tráfico es algún tipo de condición natural en las personas, la verdad eso yo no lo sé. Pero lo que sí sé es que desde que puedo recordar yo había visto que el tráfico siempre se encontraba en aumento, ya que en el tiempo que llevo observando al tráfico de esta ciudad (o al menos la parte de la ciudad donde transito diariamente) he visto como un trayecto que antes era de diez minutos ahora puede ser de veinte y para colmo nos atrevemos a decir que “nos tocó bien el tráfico”, también he visto como algunas calles se han transformado de, según mis recuerdos, ser pequeñas y poco transitadas a convertirse en calles igualmente pequeñas pero con una cantidad exponencialmente mayor de coches que se desplazan en todas las direcciones imaginables. Y así podría continuar describiendo diferente casos de cómo había aumentado progresivamente el tráfico, pero ése no es el objetivo del presente escrito sino el de relatar lo acontecido hace algunos meses atrás cuando este aumento se detuvo de golpe junto a toda la ciudad.
Para ser sinceros no puedo recordar la fecha exacta en que esto ocurrió y decir la hora exacta resultaría simplemente imposible ya que fue algo que fue ocurriendo paulatinamente a través de ese histórico día que hoy recordamos como “la parálisis”. Pero lo que es un hecho es que poco a poco todos los coches de la ciudad quedaron totalmente inmovilizados, no por un problema mecánico sino porque simplemente no había hacia donde moverse ya que todas, absolutamente todas las calles de la ciudad, estaban repletas de coches y con todos nosotros en ellas.
Aunque parece imposible, esa fue la verdad, todas las calles estaban repletas de coches, las grandes avenidas, los callejones, los cruces, los puentes, el segundo piso, el Zócalo y el carril del metrobús. Todos estaban tan llenos que ni siquiera había suficiente espacio entre los coches como para dejar la calle y subirse a la banqueta o el camellón. A pesar de lo adverso de la situación tardamos horas en entender este fenómeno en su totalidad, muchos de nosotros aferrándonos a la simple idea de que había un choque más adelante y que “ya ahorita se movía”.
Pero eso no pasó, el tráfico simplemente no se movió nunca. Lo único que pasó es que la agitada vida de la gente no pudo esperar más y poco a poco fuimos abandonando los coches a la merced e inclemencias de la calle. Esto no sin una alta dosis de desconfianza ya que los que decidimos abandonar los coches lo hicimos con la mayor cantidad de objetos posibles y esos fueron muchos objetos. Sólo de mi experiencia personal puedo constatar haber visto a gente no sólo cargando objetos tan obvios como mochilas, maletines y cualquier acreditación legal de su coche sino cosas tan diversas como las bolsas del súper, la caja de herramientas, juguetes, almohadas, sábanas, medallas y estampitas con referencias religiosas y los más temerosos entre quienes abandonaron sus coches intentaron llevarse la mayor cantidad de su coche consigo, hasta el punto de ver a muchos de ellos cargando espejos, volantes, radios, llantas, hasta los asientos mismos y cualquier otra cosa que temían que fuera robada una vez abandonados sus automóviles. De hecho este miedo al robo llegó a tales extremos que hubo quienes decidieron pasar la noche esperando, dentro de sus coches, hasta que de alguna forma el tráfico mejorara al día siguiente.
Pero al día siguiente las calles seguían iguales y al siguiente día también y así durante días y semanas hasta que incluso los más tercos abandonaron sus vehículos a disposición de los ladrones.
Esta preocupación por los ladrones no fue una simple paranoia, fue una cruel realidad, de hecho pocas son la personas que conozco cuyo auto no haya sufrido daños durante este periodo. Pero aunque sea verdad que durante los primeros días los ladrones de piezas de autos (a diferencia de los ladrones de autos que no tenían como mover los coches) hicieron su agosto al hacerse de una reserva y variedad de equipo que jamás imaginaron poseer, pero a pesar de tener una formidable oferta, la demanda de sus productos decayó aproximadamente en un 100% ya que al no haber gente usando sus coches no había quien comprara refacciones de coches. Por lo que después de las primeras semanas de “la parálisis” el negocio del robo de coches (en cualquiera de sus formas) había desaparecido en la ciudad de México.
Pero no sólo los ladrones tuvieron que cambiar radicalmente su forma de vida sino que el resto de las personas también pues nuestra capacidad de desplazarnos había sido disminuida enormemente por lo que muchos decidieron reducir al máximo posible la distancia de su casa a cualquier destino abandonando trabajos, escuelas, sitios de reunión y hasta hubo quines terminaron con amistades y noviazgos de toda la vida debido a la incomunicación.
Aun así la gente logró mantener un cierto grado de movilidad gracias al metro, que durante el inicio de “la parálisis” se presentó como la salvación de muchas personas. Y cuando me refiero a muchas, hablo de millones de personas que no solían usar el metro y que ahora lo habían convirtieron en un elemento primordial en sus vidas. Eso por desgracia provocó una cantidad de usuarios tan enorme que sin importar a qué hora uno usara el metro siempre resultaba en interminables esperas y en aun más interminables filas que podían alargarse tanto que uno podía confundir su fila con la de estaciones próximas y todo para subir a unos vagones tan poblados que hacían lógica y común la muerte por asfixia. A pesar de esto el uso del metro prosperó hasta un nivel de uso excesivo tal que se fue desgastando poco a poco, primero los asientos y barras para agarrarse se rompieron, luego las puertas, ventanas y luces de los vagones dejaron de funcionar, después el propio piso y demás estructuras del metro comenzaron a romperse y estropearse paulatinamente, y con una capacidad casi nula de transportar hacia las estaciones cualquier tipo de refacciones, debido obviamente a “la parálisis” en la calle, el metro quedó inactivo definitivamente antes de que se cumplieran tres meses de “la parálisis”. Lo cual convirtió inevitablemente a las personas en su principal medio de transporte a través de calles repletas de coches inmóviles, lo cual a mi parecer tuvo muy favorables consecuencias para la salud de la gente y pésimas para su ya deplorable puntualidad.
Otro aspecto que vale la pena narrar fue lo que sucedió con estas calles repletas de coches inmóviles ya que después de haber sido abandonados todos los coches por sus dueños y saqueados por los ladrones éstos se convirtieron en refugios para toda la gente que vivía en la calle o en frías casas de paredes de lámina y pisos de cemento y que encontraba un excelente refugio en los coches, particularmente en las enormes camionetas que, como medio de transporte, le habían costado una fortuna a sus dueños originales y ahora se habían convertido en sus casas sin pagar un centavo.
El conjunto de las imágenes del gigantesco estacionamiento en que se habían convirtieron las calles de la ciudad a primera vista y la del peculiar sistema de viviendas que crearon los desposeídos en este inmenso estacionamiento, se volvió un imán para reporteros de toda la república y luego del mundo, los cuales a su vez dieron la promoción adecuada para una nueva atracción turística, pero, antes que los turistas llegaran, el lugar fue objeto del escrutinio de un amplio grupo de investigadores de las más prestigiadas academias del mundo, empezando por desconcertados urbanistas y sociólogos maravillados hasta llegar a un grupo de psicólogos de masas que estaban convencidos que todo era una especie de alucinación masiva. Pero antes que los especialistas terminaran sus investigaciones llegaron , como ya mencione, una interminable avalancha de turistas que paseaban armados de cámaras por las calles saturadas y que se convertían en clientes de guías y vendedores ambulantes, que vieron en los turistas la recuperación de su antiguo nicho de mercado en las calles y hasta de un grupo de aventureros que convirtieron varios camiones de turismo y muchos más peseros en los hoteles más peculiares del mundo. Todo esto porque, como es de esperar, las personas siempre se adaptan a toda condición de vida y buscan acomodarse en ésta lo mejor posible.

Y mientras las personas nos adaptábamos a esta nueva forma de vida los políticos tuvieron que afrontar su muy peculiar proceso de adaptación. En primer lugar pasaron las primeas semanas de “la parálisis” en un estado de confusión y total desorganización, tal como el resto de nosotros o quizás peor, ya que aquellos acostumbrados a salir en la televisión, y a ser poco apreciados por la gente, eran constantemente acosados por las personas en el metro y en las calles. Por lo que muchos de ellos optaron por abandonar la ciudad y dirigirla desde fuera y otros más, en un acto de total heroísmo, decidieron quedarse y afrontar la crisis.
Y así una vez superada la conmoción, se inició el proceso de declaraciones y acusaciones entre los actores políticos, todo lo empezaron aquellos que acusaban a las autoridades que habían sido incapaces de prevenir esta crisis, de no haber realizado suficientes proyectos para el desarrollo vial, de no presentar solución alguna y sobre todo de haber ocasionado que hubiera tantos coches en la ciudad. Por su parte las autoridades reclamaron que “la parálisis” se había ocasionado por la falta de cooperación de los grupos de oposición y que además era muy probable que “la parálisis” hubiera sido, en sí misma, una estrategia de la misma oposición con fin de desprestigiar al partido de las autoridades en la futura contienda electoral.
Pero a pesar de todas las diferencias entre los políticos sólo les tomo un mes determinar que era necesario tomar acciones inmediatas sobre la presente crisis por lo que decidieron realizar una serie de debates y negociaciones respecto al plan de acción. Pero para esto primero tuvieron que desarrollar una complejísima agenda de organización la cual lograba permitir que todos los actores políticos relevantes en esta discusión pudieran encontrarse cara a cara, todo a pesar de las dificultades que representaba la movilización dentro de la ciudad.

A pesar de la intensa actividad política no fue sino hasta el quinto mes de discusiones que se pudo superar “la parálisis”. Pero si de algo estoy seguro es que no tuvo absolutamente nada que ver con los políticos ya que el día anterior al final de la crisis (o al menos el inicio de su final para mí) se lo habían pasado discutiendo sobre la eficiencia del uso de helicópteros como equipo de análisis de la situación vial por lo que para ese momento era imposible que se hubiera tomado alguna acción concreta.

En su final “la parálisis” fue al igual que su inicio, imposible de determinar una fecha exacta debido a que cada quien vivió su fin hasta con días (a veces con semanas) de diferencia por lo que yo sólo puedo relatar mi experiencia personal.
Para mí todo empezó cuando iba caminaba a mi casa cuando de casualidad se me ocurrió pasar a ver lo que quedaba del coche de mi padre. Primero me fijé sorprendido que sólo le faltaba una llanta, una puerta y el asiento trasero, lo cual lo hacía bastante incómodo como para que alguien viviera en él, pero lo que realmente me sorprendió es que entre los demás coches parecía haber más espacio que antes he incluso que si empujábamos un coche aquí y otro allá se podía crear una especie de sendero que permitiría que el coche regresara a la casa. Sin pensarlo dos veces llamé a familia y amigos y logramos que finalmente el coche de mi padre regresara de aquel viaje que había iniciado casi seis meses atrás y de igual forma logramos, un par de días después, que el coche de mi madre también regresara a su lugar de origen. De la misma manera otros fueron descubriendo que sus coches podían ser movidos y las calles se fueron vaciando paulatinamente hasta que el número de autos en las calles disminuyó a tal grado que volvió a ser posible transitar en las calles de la ciudad de nuevo.

Pero… ¿Cómo fue que sucedió tal milagro?... la verdad no lo sé y nadie lo sabe porque tal como desapareció “la parálisis” desaparecieron, de forma igualmente rápida y misteriosa, las discusiones de políticos, especialistas y ciudadanos al respecto. Para todos ellos simplemente “acabó y ya” y simplemente se dedicaron a adaptarse a su nueva situación de vida como era de esperarse. Ya que una vez más y como ha sido desde que puedo recordar, la gente sólo suele preocuparse de los problemas que le están estallando en su cara.

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